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domingo, 23 de mayo de 2010

teatrología

De la Teatrología: ¿Disciplina o marco disciplinar? Noticia de un trabajo en proceso

Manuel F. Vieites

Fragmento de un trabajo publicado en el libro que más abajo se indica

Una vez que un hombre aprende a ver, se halla solo en el mundo, sin nada más que desatino –dijo don Juan en tono críptico.

Carlos Castaneda, Una realidad aparte

En esta contribución queremos abordar la pregunta que formulamos en el título, al menos en sus aspectos más generales, para asentar apenas las bases de una indagación en curso. Se trataría, entonces, de algo parecido a eso que se denomina “trabajo en proceso” [“work in progress”], y que no tiene otra finalidad que considerar cómo se puede construir conocimiento del teatro, y desde qué disciplinas, vinculadas con qué objetos de estudio o áreas de indagación. Por otra parte, y después de cuatro años en un centro de formación teatral superior, soy cada día más consciente de la necesidad de realizar tareas de sistematización para intentar establecer marcos comunes desde los que hablar del teatro, y en consecuencia, desde los que hacer, enseñar o investigar en teatro. En los dos últimos casos, la docencia y la investigación, entiendo que se trata de una necesidad urgente considerando las transformaciones que habrán de sufrir las escuelas superiores de arte dramático en los próximos años y lo mucho que queda por hacer para lograr una convergencia real tanto en el Espacio Europeo de Educación Superior como en el Espacio Europeo de Investigación.

Premisas

Uno de los problemas que nos encontramos en disciplinas en proceso de construcción radica en la carencia de un lenguaje propio con el que definir sus conceptos clave. En el campo de los estudios sobre el teatro, sea en cualquiera de las dimensiones que nos ofrece la visión científica de una realidad, esa carencia es especialmente grave, tal vez porque las cosas no puedan ser de otra forma si consideramos que la mirada científica al hecho teatral es muy reciente. Incluso en el nivel de los usos cotidianos del lenguaje la imprecisión campa a sus anchas. Por eso, alguien, a las tres de la tarde y en la cafetería de una cervecería en Santa Ana (Madrid), puede decir que está haciendo una “función”, queriendo decir que participa en el elenco de un espectáculo (que se presenta al público en “funciones”), mientras que la persona de la mesa contigua se solaza diciendo que está escribiendo un ensayo sobre “el teatro de Samuel Beckett”, cuando es público y notorio que Samuel Beckett no destacó precisamente por hacer teatro. De hecho, le dieron el Premio Nobel por su obra literaria.

Está claro que no cabe rascarse o rasgarse las vestiduras, porque todos sabemos de que se está hablando, pero si queremos abordar un estudio científico de la realidad hemos de hacer un esfuerzo para superar el marco del lenguaje común. Con frecuencia se habla de ciencias del teatro sin tentarse la ropa, como si el substantivo ciencia fuese de uso común.

Hace falta una revisión a fondo de los estudios sobre el teatro (de todos los estudios sobre el teatro), que nos lleve a determinar y sistematizar el saber y el hacer, sobre todo si queremos mostrar y demostrar que el teatro es algo más que una ocupación a la que cualquiera puede acceder si un buen día decide que lo suyo es la interpretación o la dirección de escena, por ejemplo, algo que ocurre con mayor frecuencia de la debida. Tal vez por eso el doloroso dilema de Roland Barthes (1979) se siga resolviendo en la misma dirección.

Entiendo que un análisis del uso que pueda tener la palabra “Teatrología”, nos acabe mostrando la riqueza del campo de los estudios sobre el teatro, nos ayude a determinar en qué dirección resolver la pregunta que se formula más arriba y nos señale todo el trabajo que queda por hacer para sistematizar y generar conocimiento sobre lo teatral. A esas cuestiones preliminares dedicamos este trabajo, que se incluye en un volumen de estudios que nos muestran cómo los caminos de la Teatrología son, por fortuna, muchos y muy diferentes.

La caza del teatrólogo/a: persecución, derribo y castigo… ¿de quién realmente?

En una de las corcheras de la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia alguien colocó, tiempo atrás, una especie de manifiesto en el que se reclamaba el fin de la Teatrología, de la crítica, de las academias, casi del pensamiento entero, en aras de privilegiar la acción, de dejar el teatro a sus únicos dueños: las gentes del teatro, los que hacen el teatro, los que viven el teatro y los que viven del teatro. Porque teatro es hacer y solo hacer, y porque todo lo demás, incluso el pensamiento parece sobrar. Un grupo de animosos simpatizantes firmó el documento en un acto de afirmación que tuvo continuidad en otras consignas que se oyeron o escribieron aquí y allá y que fueron apareciendo en reuniones, pasillos, corcheras, notas, conversaciones de cafetería, clases y muestras de trabajo.

Por “chusca” que parezca la propuesta, por tener “gracia, donaire y picardía” (según el Diccionario de la RAE), ese fin de la Teatrología, no deja de ser una manifestación más de una corriente de pensamiento muy asentada entre un sector de las gentes del teatro desde mucho tiempo atrás, de una parte de las personas que entienden que el teatro es un hacer, ajeno al saber y ajeno al ser. Insisto en que se trata de un sector, no de todo el colectivo. Y ese sector, o una parte al menos, consideran que el teatro sería una práctica que se puede sostener sin teorías, lo que no deja de ser otra visión “chusca” de las cosas. Claro que luego pasa lo que pasa y al doloroso dilema de Barthes me remito.

Hace años, decíamos que en el estudio del teatro, considerado en las diferentes perspectivas que antes se comentaban, cabría considerar cuatro grandes corrientes, que paso a relatar brevemente, introduciendo las modificaciones que el paso del tiempo siempre aconseja. Lo hacemos en modo muy resumido, y, sobre todo, muy conscientes de lo que vamos a considerar e incluso a proponer, después de haber trabajado durante cuatro años como profesor y director en un centro superior de formación teatral que ofrece ahora titulaciones de grado y posgrado, y en el que es necesario determinar con precisión el saber, el hacer y el ser que se transmite al alumnado, a los futuros profesionales, y el saber, el hacer y el ser que se construye y con qué herramientas.

En primer lugar estaría la que denominábamos corriente marginal, y que podemos denominar también subalterna, y utilizábamos el termino “subalterno” no en base a su posición o aceptación en el ámbito de la academia, pues en esa dirección sería la dominante, sino en su relación establecida con su objeto. Hablamos de una corriente subalterna en función de que se constituye desde los estudios literarios y todavía considera el teatro como la actualización de una potencialidad textual. El teatro es así un producto cultural prefigurado ya en el texto, por lo que el estudio del mismo sólo cabe hacerlo desde el campo de la teoría y la historia de la literatura. Esta tradición tiene un peso considerable en el mundo iberoamericano y sobre todo en las universidades, y es la que lleva a que en la actualidad se siga considerando al autor dramático (dramaturgo) como verdadero generador del espectáculo teatral, y cuando el autor ya no puede ejercer sus derechos aparece el adaptador como garante de los mismos (Véase Fuenteovejuna). El proceso de creación escénica no dejaría de ser un proceso de traducción de signos o de transducción entre códigos, pero siempre partiendo de un texto fuente, el literario. Esto, en la práctica, implica defender la subsidiariedad del hecho teatral respecto al hecho escénico, lo que tiene muchas implicaciones, entre ellas algunas de carácter educativo, en tanto la formación de los profesionales del teatro deba tomar una u otra dirección.

El peso de esta tendencia, muy dominante, se deja sentir en los usos del lenguaje, que incluso juegan muy malas pasadas a personas que supuestamente defienden la autonomía del teatro como hecho artístico. No hace mucho, comentaba en otro lugar cómo el libro de Keir Elam, The Semiotics of Theatre and Drama, se traducía al italiano como Semiótica del teatro. En España se sigue hablando del “teatro” de tal o cual autor, cuando en realidad se habla de su obra dramática, e incluso se aplican al estudio de lo teatral modelos de estudio de lo literario olvidando que teatro y literatura son dos realidades autónomas que, aunque interdependientes, promueven procesos de expresión, creación, comunicación o recepción bien diferenciados. Un estudio de ambas realidades, en los niveles sintáctico, semántico o pragmático, las muestra, a poco que se inicie. Curiosamente hay otros países con otra tradición en los que a History of Drama no es lo mismo que a History of Theatre. Los ejemplos sobran y más de una sorpresa se ha llevado el que acudía a un volumen de historia teatral esperando ver una historia literaria y viceversa. No hace mucho un conocido novelista me confesaba su interés por escribir teatro (sic.), a lo que le tuve que contestar que lo tenía muy difícil porque una cosa es “escribir para el teatro”, que puede dar lugar a muy diversos escritos (un prontuario de usos de la linterna en el patio de butacas), y otra cosa es “hacer teatro”, por lo que le anime a que escribiese un “texto dramático”, porque el “texto teatral”, también es otra cosa. Recordemos aquello que decía Luís de Tavira (1999): “Sólo el teatro es teatro, porque si todo es teatro, nada es teatro”, o la provocadora sentencia de José Ortega y Gasset: “Hamlet es un texto”. Esta tendencia también tiene un peso enorme en la crítica de espectáculos, que más parece crítica de escenificación de textos dramáticos.

Tal vez la cuestión se pudiera ver de otro modo, y es que el texto dramático forma parte, es un elemento importante, del espectáculo teatral, por lo que el texto dramático sería uno más entre los muchos pre-textos (que no pretextos, aunque también) que se podrían utilizar a la hora de crear un espectáculo. En determinadas tradiciones en los que el elemento textual tiene tanto peso, afortunadamente, es normal que exista una necesaria interdependencia entre texto y espectáculo, aunque se trate de realidades artísticas diferentes con sus propias normas y códigos de elaboración, transmisión y recepción. Pero no se trata ahora de convertir la obra dramática en objeto subsidiario de lo teatral, sino de reclamar de una vez por todas la necesidad de contar con una Teoría del Texto Dramático, o Dramatología, si se quiere, si bien he de decir que mi visión de esa Dramatología es más una Teoría del Texto que otra cosa. Una Teoría del Texto que ya reclamaba Konstantin Stanislavski en el siglo pasado y que en todos estos años no hemos acertado a construir, algo bien diferente a lo que ha ocurrido en la narrativa o la lírica, en la que los avances han sido muy significativos. El trabajo de Jirí Veltrusky, El Drama como Literatura, sigue siendo inapelable.

Como decíamos esta corriente subalterna está todavía muy presente en los estudios que sobre el teatro se siguen haciendo en muchos países de Iberoamérica, sobre todo en aquellos de tradición hispana y portuguesa. El teatro sería un ámbito dependiente de lo literario...

Rodríguez, Carlos & Vieites, Manuel F. (eds.): Teatrología: nuevas perspectivas. Homenaje a Juan Antonio Hormigón. Ciudad Real: Ñaque Editora. 429 páginas.

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