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miércoles, 12 de mayo de 2010

obras de eduardo alonso

Dos libros de Eduardo Alonso

MF Vieites

Reseñamos a continuación dos volúmenes con textos del dramaturgo gallego Eduardo Alonso, director de la compañía Teatro do Noroeste.


UNO

En el que fue año de la memoria histórica, fatídica conmemoración de la algarada anticonstitucional franquista de 1936, que se prolongaría en la dictadura y el régimen dictatorial, en el que tantos colaboraron (hechos que hoy se intentan acallar incluso con amenazas), Eduardo Alonso nos ofrecía un intenso drama que situaba justo en las horas previas al inicio de la barbarie y el exterminio. En Galicia, en efecto, la furia falangista se desató desde el primer día y las cunetas y playas se llenaron de cadáveres. Aquella Galicia irredenta y milenaria, dominada por el caciquismo y la superstición se rindió en pocas horas. Sólo algunos grupos anarquistas, comunistas y socialistas resistieron el furor de un rencor atronador y salvaje, parecido al que ahora mismo vivimos y que tanto alienta la derecha de seimpre.

Pero en aquella Galicia de tonos grises, que padecía un atraso secular en tantos órdenes, debido al abandono administrativo y a una pésima gestión de los recursos, todavía quedaban espacios para las artes y el teatro. Entre las manifestaciones escénicas más destacadas y populares cabe señalar el teatro musical y de variedades, que tenía en Vigo uno de los puntos de referencia. Esta era, además, una ciudad en la que se producía un tránsito permanente de mercancías y personas, dada la proximidad con Portugal y el comercio con América o con Filipinas. Aquí embarcaban ilusiones con la misma celeridad con la que se expandía el negocio de la conserva o una incipiente industria naval. En pensiones y hoteles recalaban emigrantes impacientes ante la rueda de la fortuna y negociantes ávidos de solaz y contratos. Entretanto, en aquellos difíciles años treinta, la batalla política desataba la furia incontinente de una derecha renuente a abandonar su poder, el que venía ejerciendo desde los tiempos de María Castaña.

Ese es el marco histórico en el que Eduardo Alonso sitúa este drama pasional, con una fuerte dimensión política. El otro marco, el espacial, corresponde al de uno de aquellos cafés cantantes que animaban la vida local de muchas ciudades y no pocos pueblos. En ese segundo marco coinciden los personajes del primero, con sus expectativas y deseos, sus frustraciones y conflictos. Un paisanaje prototípico, que muestra con precisión las fuerzas en colisión en el cuerpo social. Primero están los que trabajan en el Imperial, y luego llegan los que se asoman al interior para beber, conversar, en busca de un romance imposible o para escuchar y ver, y no sólo lo que muestra el escenario. Por todo ello, estamos ante un drama en el que, como consecuencia del lugar que habita, hay canciones, que sirven para marcar una transición o para propiciar un clímax. Pero no estamos ante un musical, como el título de la obra parece sugerir. Es un drama, como decíamos antes, con una marcada dimensión política, que en sus diecisiete escenas contiene un emocionado homenaje, más implícito que explícito, a todas las personas que, en aquel verano de 1936, vieron como sus vidas tomaban una dirección inesperada. Un verano aciago, en el que se frustraron tantas esperanzas y vidas, como las de los personajes de este texto que ahora nos llega, y que contiene las claves de una tragedia que se repite una y otra vez ante la mirada impasible y cómplice de tantos: la irrupción de las barbaries. Por eso, estamos también ante un texto fácilmente trasladable a cualquier otro tiempo y lugar.

El libro contiene un CD que recoge las canciones compuestas por Bernardo Martínez, con letra de Eduardo Alonso, e interpretadas por el elenco del espectáculo homónimo, que se estrenaba un 9 de octubre de 2006 en el Teatro Principal de Compostela, en una producción de Teatro do Noroeste con dirección del propio autor. Un libro cuya presentación vino acompañada de una tensa polémica por cuanto en el proclamado “Año de la Memoria Histórica” las ayudas que un proyecto de estas características debiera haber concitado no se sustanciaron, más allá de una frase amable o de la ansiada foto en los medios. ¿Será que hay memorias y memorias?

Alonso, Eduardo: Imperial: café cantate. Vigo, 1936 (Prólogo de Inma López Silva). A Coruña: Espiral Mayor Teatro, 2006, 101 páginas.

DOS

Son tres los textos que nos presenta esta nuevo volumen, firmado por Eduardo Alonso, y con un prólogo enormemente divertido de Damián Villalaín, que también sirve para rendir un merecido homenaje a la que denomina “generación del 78”, y en la que agrupa un numeroso grupo de personas que participa activamente en la reconfiguración del sistema teatral gallego, cuando del teatro independiente emergía un teatro profesional con nuevas propuestas y proyectos.

Eduardo Alonso forma parte de esa generación que inicia su carrera profesional en las filas del teatro independiente y pasados los años debe asumir responsabilidades en la gestión cultural. Fue el primer director del Centro Dramático Galego, y en el breve período de tiempo en que ocupó el cargo, estableció un conjunto de líneas de trabajo que curiosamente no todas tendrían continuidad en años sucesivos. Luego retomaría el trabajo de compañía, primero con la creación de Producións do Noroeste y después con Teatro do Noroeste. Pero antes había participado, como director de escena, en tres de los proyectos más interesantes de finales de los setenta y principios de los ochenta: Laudamuco, señor de Ningures, producido por Antroido, Bailadela da morte ditosa, presentado desde Teatro do Estaribel, y Celtas sen filtro, la conocida comedia de Artello. Tres espectáculos que mostraban las posibilidades de un teatro en permanente estado de obras y que todavía hoy padece síntomas degenerativos derivados de un desarrollo anormal. Situación de la que no son precisamente responsables todas esas personas que durante estos más de treinta años han intentado, desde la escena, imaginar posibilidades tantas veces negadas desde una acción de gobierno muy poco atenta a la creación y la difusión cultural. Así, por ejemplo, mientras terminamos esta crónica, nos llegan noticias del cierre definitivo de la Sala Yago, un proyecto de creación, exhibición y distribución teatral para la ciudad de Santiago que Eduardo Alonso, entre otros, había desarrollado con sumo acierto en los últimos años y que desaparece debido a la inacción de nuestros gestores culturales.

Hasta hace poco, algo sabíamos de algunos trabajos que, como escritor, había realizado Eduardo en sus años mozos, y conocíamos otras propuestas de reescritura y adaptación de textos clásicos que acometía en colaboración con Manuel Guede. Sin embargo, para la mayoría su trayectoria se vinculaba, casi en exclusiva, con la dirección de escena o sus trabajos sobre política teatral. Pero en 2001 se publica O país acuático, una obra con la que obtiene una mención especial en un premio de literatura dramática infantil (que debería haber ganado), y comienza a asomar esa otra dimensión del creador, vinculada con la creación dramática.

Se trata de tres textos tan diferentes como interesantes, todos ellos estrenados en su día por Teatro do Noroeste con dirección de su autor. Alta comedia se presenta como un estudio de las relaciones humanas en un sector social que en Galicia ocupa un lugar preponderante en el ejercicio del poder, como son los catedráticos de universidad, con su corte de interinos y becarias. A partir de una estructura triádica se analizan los juegos de amor y desamor, de poder y sumisión, entre un hombre y dos de sus mujeres, que desembocan en situaciones tan patéticas como risibles. En cierta medida el autor recupera el viejo molde de la alta comedia decimonónica para ofrecer un retrato despiadado de las pautas de conducta de un sector dominante de la sociedad actual.

As damas de Ferrol, parece partir del mismo molde considerando los personajes que sitúa en el centro de nuestra lectura. Se trata de dos hermanas que comparten vejez, traumas, sueños, frustraciones y algo más…, y que han establecido en su relación simbiótica pautas de conducta próximas al vampirismo emocional. Y de nuevo aparecen los juegos de dominación y sumisión, aderezados con viejos secretos de alcoba, salón y familia que van emergiendo con lentitud y que acaban por configurar una escena final dominada por un surrealismo grotesco. Se trata de un texto en el que además se produce un constante juego de transición entre lo real y lo ficticio, entre lo verdadero y lo fingido, lo que provoca no pocas dudas en el lector y que invita a nuevos juegos por parte del director o directora de escena. Y en ese juego de probabilidades e incertidumbres radica una de las cualidades más notables de un texto que admite todo tipo de lecturas, desde la “comedia alucinante” a la “comedia de sangre”.

Completa el trío, que no trilogía, el texto titulado Ensaio. Y aquí se presenta la cruda realidad del ejercicio profesional, a través de la peripecia de una actriz que lucha por sobrevivir a la escena y a su propia historia personal, para sobrevivir también a la crítica, uno de los temas emergentes del texto, sobre la que se ofrece una visión ácida y corrosiva. Con todo, el tema central de la obra, y sobre el que pivotan todos los demás, y no son pocos, se articula en torno al trabajo que acomete Ana, una actriz con compañía que, temporada a temporada, lucha por mantener con vida su empresa, que no deja de ser su propia vida. Y en la peripecia de Ana, en su pasado atormentado, en su presente efímero e inestable y en su futuro improbable, se dibuja la peripecia de muchas otras actrices y directoras que padecen tantas precariedades, en todos los órdenes. Por eso este texto se puede concebir como un reconocimiento, y un homenaje, a todas esas personas de las que antes hablábamos, a las que hacen posible, con su trabajo, que en torno al teatro se sigan construyendo utopías, sobre todo la utopía más inmediata, la de que mañana mismo suba un telón.

Alonso, Eduardo: Teatro imprevisto (Prólogo de Damián Villalaín). Lugo: TrisTram Teatro, 2006, 206 páginas.

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