maderne / crítica literaria e teatral... E POLÍTICA

un espazo para partillar críticas, comentarios, reseñas e outros documentos sobre literatura, teatro, arte, cultura..., amenizado por Manuel F. Vieites




lunes, 17 de mayo de 2010

¿Industrias culturales?

Artes escénicas e industrias culturales

MF Vieites

Este trabajo se publico en la Revista ADE/Teatro, a raíz de una polémica generada en el Congreso celebrado en Las Palmas, que venía a mostrar cómo las gentes a veces somos víctimas de la escasa enjundia de la clase política. Hablar de industria cultural en el caso del Teatro, a pesar de Quebec, es una barbaridad, pero bueno... Pasen, y si gustan, lean.

En 1962 se publicaba de forma póstuma el libro de John L. Austin, How to Do Things with Words, en dónde el conocido filósofo del lenguaje nos ilustraba en relación a los usos del habla y a su capacidad para influír en situaciones y conductas. Años atrás, en torno a 1956, Gregory Bateson y su equipo de Palo Alto, formulaban una nueva teoría de la esquizofrenia asentada en lo que se denominaría comunicación paradójica, siendo una de las herramientas de esa perversión comunicativa el “doble vínculo”, por medio del que una persona recibe intrucciones contradictorias tanto por medio de la palabra como por otros códigos, como el gestual o el cinético. Las palabras, dirán Paul Watzlawick o Donald R. Laing años después, pueden servir para cosificar al otro, para petrificarlo. Más recientemente, otros pensadores como M. W. Apple nos alertaban tanto ante la importancia del “currículum oculto”, una especie de poderoso subtexto que impregna muchas actuaciones de todo tipo, también institucionales, como ante la apropiación del lenguaje por parte de un movimiento neoconservador que en lo moral se define por su apego a la tradición y en lo económico por su defensa a ultranza del mercado. Nos podemos imaginar lo que eso implica en términos culturales o educativos. El prefacio de Apple a su libro Política Cultural y educación (Morata, 1996) no tiene desperdicio.

Con las palabras se construye la realidad y se definen formas de intervenir en la misma. Por eso, al escuchar formulaciones como “industrias culturales” hemos de ser cautelosos porque la formulación en sí misma ya supone una aporía, y más en una sociedad que el pensamiento “postie” define como postindustrial. ¿En qué quedamos? La aporía deriva del hecho de que la cultura implica el desarrollo permanente de una serie de manifestaciones de signo tangible e intangible con un fuerte contenido simbólico en las que, en parte, se traduce el imaginario colectivo y el capital cosmogónico de una comunidad determinada. La industria cultural entonces se debiera utilizar para designar un conjunto de procesos de producción en masa de “narraciones” más pensadas en el entretenimiento que en el desarrollo cultural de la comunidad, si bien en todo proceso de comunicación se transmiten normas y valores, y por eso mismo algunos autores alertaron sobre el poder cosificador de las industrias culturales. La industria cultural convirtió en simples divertimentos turísticos ritos ancentrales de comunidades de todo signo en todo el mundo. Coco Fusco y Guillermo Gómez-Peña mostraban las consecuencias de la espectacularización del otro en su conocida presentación escénica Undiscovered Amerindians. La industria cultural se orienta al entrenimiento y al mercado, como explicará Bertolt Brecht en algunos artículos contenidos en el volumen El compromiso en literatura y arte.

En el pasado XV Congreso de la ADE, celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, se suscitó un interesante debate en torno a las industrias culturales y a la posibilidad de que las artes escénicas debieran o no ubicarse en ese ámbito, toda vez que la clase política, o un sector al menos, ha optado por hacerlo. El debate nacía a partir de una propuesta de Alex Rigola que reclamaba se dejase de hacer uso de tal terminología, “industrias culturales”, sobre todo por parte de los organismos públicos con competencias en acción cultural. No le faltaba razón. En diferentes trabajos publicados a lo largo de los años, en la Revista ADE/Teatro se ha insistido en el hecho de que las artes escénicas no debieran catalogarse como industrias, en tanto no siguen la pauta de la producción o la difusión industrial.

Con todo, no es menos cierto que esos organismos públicos aludidos han incorporado el término a sus estructuras organizativas, al punto de que las artes escénicas se han visto integradas en agencias de industrias culturales. Eso sitúa a muchos colegas con responsabilidades en la gestión de compañías u otros eventos en una difícil situación, en tanto deben actuar como si su campo de trabajo fuese una industria cultural, y la única vía de relación que les ha dejado la administración es ese territorio de las agencias en que la producción audiovisual, la producción editorial o la producción discográfica conviven con otras “producciones” que, como se ha dicho, exigen otros procesos de creación y difusión.

Comoquiera que los Congresos, y los debates y polémicas que suscitan, deben estar orientados a dilucidar problemáticas y ofrecer soluciones, en la medida de lo posible, entendemos que se hace necesario al menos fijar conceptos para poder situar posiciones, siempre en interés de las artes escénicas entendidas como un servicio público. Pero también hay que señalar y denunciar la poca enjundia de nuestra clase política, que con frecuencia renuncia al pensamiento crítico, siempre con la ayuda inestimable del palafrenero de turno, como el conocido Flautista de la Barceloneta y su fiel Florial.

No se trata ahora de hacer un análisis histórico del concepto “industria cultural”, que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno acuñaban para hacer referencia a un modo de producción y distribución de productos que no perseguían otra cosa que establecer una “cultura de masas”, una “entertainment industry” que, en buena medida, acabaría por resultar unha herramienta de alienación, como la propia historia de esos productos ha demostrado. Lo que los dos representantes de la Escuela de Frankfurt comunicaban en su Dialéctica de la Ilustración, editada en 1944, no eran más que justas prevenciones ante los males de una dudosa ilustración en masa, ante la reificación del saber y de la cultura. Años después, Joseph Leif en un interesante estudio titulado Tiempo libre y tiempo para uno mismo, alertaba sobre los procesos de submisión del consumidor que se promueven desde diferentes líneas de oferta cultural y de entretenimiento. Miren las televisiones, por favor. Pierre Bourdieu también explicó la génesis del gusto en su conocida obra La distinción. Gramsci señalaba, en fin, cómo en muchas ocasiones la legitimación de la submisión se consigue mediante la difusión cultural. Y en todo ese juego desempeñan su rol las industrias culturales. Ni siquiera es la economía, lo que importa, es la pela, el parné, la ansia de oligopolio.

Hay que señalar que son los franceses de Québec quienes más han insistido en la defensa de un termino recientemente importado a España. Pero, en un lugar tan común como la “Wikipedia” podemos leer, y en francés: “En économie, le concept d' industrie culturelle désigne l'ensemble des entreprises produisant selon des méthodes industrielles des biens dont l'essentiel de la valeur tient dans leur contenu symbolique : livre, musique, cinéma, télévision, radio, jeux vidéo, tourisme de masse.” Es curioso comprobar cómo los promotores de la idea dejan fuera del campo a las artes escénicas, tal vez porque exista el convencimiento de que ese no es el suyo. Sin embargo algunos medios canadienses y quebequenses no dudan en situar los espectáculos dentro del campo, especialmente al Cirque du Soleil o a Robert Lepage (y con razón, en ambos casos). Aunque tampoco deja de ser sorprendente que muchas de esas manifestaciones artísticas se agrupen bajo el paraguas del “Conseil des Arts et des Lettres de Québec”, o que desde 1995 exista un “Conseil des ressources humaines du secteur culturel (CRHSC)” que agrupa a sectores como “les arts de la scène, la création littéraire et l'édition, les arts visuels et les métiers d'art, le cinéma et la télévision, la radiotélédiffusion, les médias numériques, la musique et l'enregistrement sonore et le patrimoine”.

Podemos ver como el uso del concepto de industria cultural se ha ido diluyendo, pasa a un segundo plano, y parece recuperar fuerza el concepto más amplio de “sector cultural”. Cuando el sintagma aparece en documentos oficiales, los ajustes son muy precisos. Así, en un documento de presentación del “Conseil des Arts” de Canadá podemos leer: “Les industries culturelles du Canada – édition de livres et de magazines, films et vidéo, enregistrements sonores, radiodiffusion et multimédia – jouent un rôle essentiel dans la diffusion et la promotion de produits culturels canadiens tant au pays qu’à l’étranger. Con todo, siguen apareciendo aquí y allá referencias a las industrias culturales y a la vinculación de los creadores escénicos con ese campo. El concepto no está claro, y parece como si ante su indeterminación fuese mejor tentarse la ropa, si bien para algunas personas y organismos se trataría de que las artes escénicas aprovechasen el potencial de las industrias culturales para promover la difusión de sus productos: Les nombreux auteurs, acteurs, musiciens et chanteurs ainsi que les artistes multimédias doivent pouvoir s’appuyer sur une industrie nationale solide pour produire, diffuser et promouvoir leurs créations pleines d’imagination”.

En los países de expresión inglesa cobra fuerza el término “creative industries” si bien se hace patente la división between those industries that are open to mass production and distribution (film and video; videogames; broadcasting; publishing), and those that are primarily craft-based and are meant to be consumed in a particular place and moment (visual arts; performing arts, cultural heritage)”. Estamos ante un problema complejo, sin duda, pero la complejidad no deriva del campo que queremos describir cuanto de los usos inadecuados y enrevesados para referir ámbitos del campo. En realidad, cabría hablar de dos amplios sectores: de un lado las “industrias del entretenimiento” y del otro las “artes”, sin más aditamento, porque hablar “de artes creativas” no es más que un pleonasmo. Las primeras tiene su lugar en el Ministerio de Industria, las segundas en el Ministerio de Cultura. Y entre las primeras se pueden documentar se pueden documentar productos escénicos, sin duda alguna.

Cataluña se apropió del término industrias culturales por mimetismo con Québec, y se crea el Instituto Catalán de las Industrias Culturales. Galicia, siguiendo el ejemplo de Cataluña, crea la Agencia Gallega de las Industrias Culturales, y el Ministerio de Cultura, siguiendo la misma senda del mimetismo, anunciaba no hace tanto la desaparición del INAEM y la creación de una Agencia similar. El ejemplo ha cundido, y por aquí y allá florecen organismos públicos que adoptan el sintagma en su denominación. Curiosamente países como Inglaterra, Canadá o los Estados Unidos de América, que no destacan precisamente por sus políticas de intervención pública en materia cultural, o sí pero de otra forma, siguen operando con denominaciones más acordes con la substancia del campo: “Arts Council”, “Canada Council for the Arts” o “National Endowment for the Arts”, respectivamente. Tal vez porque quieran separar las manifestaciones artísticas que se promueven desde esos organismos y la “industria del entretenimiento”, o “show biz”, con un marcado carácter comercial. Pero en países diversos, como Australia, por ejemplo, asoma el término “creative industry”, si bien el concepto está muy proximo al de “cultural industry”. Con todo, cabría un análisis en profundidad porque la extensión en el uso del término lleva pareja la crítica al mismo. También cabría considerar las manifestaciones de las que se ocupa el Arts Council del Reino Unido, y ver cómo existen otras organizaciones para otras manifestaciones tal que el UK Film Council.

Las razones de que las artes escénicas no puedan ser consideradas como industrias culturales se deben a la naturaleza de sus procesos de creación, difusión y recepción, de los que ya hablaron en su día William J. Baumol y William G. Bowen en un conocido estudio en el que acuñaban el sintagma “cost desease” como característica fundamental de las artes en vivo como la danza, el teatro, el circo, la ópera o el ballet, además de estilos musicales concretos. De todo ello ya se ha hablado en las páginas de esta revista en numerosas ocasiones y por extenso. No se trata ahora de reproducir cosas escritas al alcance de cualquier persona interesada en recuperarlas en los índices de nuestra revista.

Se trata, más bien, de señalar que el debate en torno a las industrias culturales no quiere convertise en una cuestión bizantina, un diálogo de sordos o una pura disquisición terminológica. Quiere situar las artes en su territorio preciso para precisar que unas requieren un tipo determinado de tratamiento en la acción de gobierno y otras otro tratamiento bien diferente, porque no es lo mismo la música rock que la música clásica, como también son diferentes la difusión del libro y la difusión de la danza. En el primer caso, la música rock permite pocos músicos para grandes aforos mientras que la música clásica tiende muchos músicos en espacios mucho más reducidos. En el segundo, el libro no lleva consigo la autora o la correctora de pruebas ni la prensa, en tanto la compañía de danza no sólo lleva al elenco sino a un conjunto de técnicos necesarios para la (re)presentación. En esas diferencias establecían Baumol y Bowen el denominado “cost desease”.

Pero las palabras no son inocentes, casi nunca. La apuesta por el concepto de industria cultural muestra una visión de la cultura en la que lo que realmente parece importar es su dimensión seriable, reproducible, cuantificable, su condición de producto difundible y sometido a las normas de la mercadotecnia. La base fundamental de la industria, frente a la artesanía, por ejemplo, es su capacidad para transformar materias en productos de forma masiva. Por eso antes se citaba el nombre del Cirque du Soleil, por su capacidad para seriar, para producir en serie, lo que permite varios elencos funcionando al mismo tiempo, pero también auditorios más extensos y una percepción más asentada en el impacto visual. Las artes escénicas no permiten ese modelo de explotación de lo espectacular. Y creo que ya va siendo hora de diferenciar entre artes escénicas y artes del espectáculo escénico. Parecen lo mismo, pero no lo son.

Pero las palabras, insisto, no son inocentes; denotan una visión del mundo, o de la realidad inmediata en la que se habita o se quiere habitar. El énfasis en el modelo de las industrias culturales supone primar los procesos de producción y difusión en esa perspectiva seriada y cuantificable que antes señalábamos. Definen un proceso productivo asentado en la dinámica gerencial, que busca grandes unidades de producción que realizan espectáculos y los distribuyen por los teatros como se distribuyen polos de bajo coste por los mercados de domingo. Esa es la clave: el teatro convertido en mercado para el espectáculo. Se trata de un modelo de negocio y no de un modelo de política cultural. En las propuestas de Institutos y Agencias de “industrias culturales” no sólo subyace un cierto mimetismo de lo externo sino también una idea precisa de teatro, que se entiende no tanto como servicio público sino como área de negocio aprovechando los recursos de lo público. Los ejemplos saltan a la vista y por eso en ciertas comunidades, precisamente en esas, finalmente se han desatado las alarmas ante esa “industrialización” de lo cultural.

No podemos ser las víctimas de las trampas del lenguaje que a veces se utilizan en provecho de unos pocos. Es preciso exijir un uso adecuado de los conceptos para no confundir churras con merinas, aunque todas sean ovejas. Las industrias culturales tienen su razón de ser en los procesos de producción y difusión de un producto susceptible de ser seriado, con independencia de que un producto pueda atesorar una condición artística enorme. La impresión de Rayuela se puede hacer con costos cada vez más reducidos debido al favorable impacto de determinadas tecnologías, en tanto los de la puesta en escena de Ricardo III aumentan día a día por las mismas razones. Y no deja de ser curioso que la Sociedad General de Autores de España se dedique precisamente a la explotación comercial de los productos culturales “industrializados”, porque ahí es donde está el negocio. Por eso, precisamente, ha dejado fuera de su negocio a los creadores de las artes escénicas.

Exigir a las administraciones un mayor rigor en el uso de conceptos tiene como finalidad el que entiendan que el Mediterráneo ya hace milenios que es mar conocido, e incluso que hace siglos que el petroleo se conoce. Tambien persigue que la acción de gobierno en el campo de las artes se realice en función de aquello que hace que las artes sean lo que son y no otra cosa, o no cualquier cosa. Bueno es que determinadas actividades, sean artísticas o no, se aprovechen de las ventajas de una “industrialización” racional y cualitativa, pero las artes escénicas exigen otras políticas y otras orientaciones. Hace años que venimos insistiendo en la necesidade de poner en marcha un nuevo modelo de política teatral, el sistémico. Nuestro Proyecto de Ley del Teatro, el de la ADE, caminaba en esa dirección, en el arreglo de los teatros en toda la amplitud del sintagma. Y si en el Ministerio de Cultura se quiere mejorar la gestión, vean por ejemplo lo que ocurre en Inglaterra en el plano organizativo.

No pretendemos con esta nota analizar a fondo el problema ni resolverlo, tan sólo llamar su atención sobre su existencia. Y decir, para concluir, que debieran ser las administraciones públicas las que supieran cómo establecer los organismos más adecuados a cada ámbito de acción de gobierno. Hace tiempo que el término “de instrucción” fue substituído por el “de educación” tras la palabra Ministerio. Pues eso, que tal vez términos “industria cultural” o “industria creativa” sean más propio de épocas ya pasadas, aunque no falte quien siga anclado al pasado.

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