En el monte del olvido,
de
Alfonso Zurro
MF Vieites
Alfonso Zurro (Salamanca, 1953) aúna en su trayectoria el trabajo del director de escena y el trabajo del dramaturgo. Su obra, en una u otra dirección, ya resulta notable y relevante, tanto que en la misma se pueden ver rasgos que la caracterizan y definen. Entre ellos esa mirada crítica, llena de ironía, con la que aborda temas diversos, desde esas situaciones de pareja que vivimos todos los días (y recordemos Las bragas), hasta aquellas otras en las que nos asomamos a cuestiones de similar enjundia pero tamizadas por su dimensión histórica. Nuestro compañero Eduardo Pérez-Rasilla ha escrito algún ensayo a tener en cuenta a la hora de abordar esa trayectoria.
Con motivo del estreno de En el monte del olvido, decía Alfonso Zurro que había que abandonar el miedo a abordar temas y momentos históricos, una actitud valiente que nos ayudaría a plantearnos dudas, problemas o paradojas, algo que el teatro ha venido haciendo desde tanto tiempo atrás, y con él la literatura. Claro que el título se las trae, pues sus connotaciones son muchas, y aumentan además en una tierra en la que la pasión de Jesús de Nazaret levanta tantas pasiones, fervores y entusiasmos, mayores aún en Andalucía. Incluso cabe el recurso a la copla, si recordamos aquellas Dos cruces de Ricardo Larrea que cantaron, entre otros, Antonio Molina, Luis Mariano o incluso José Feliciano. También lo hizo el gran Miguel de Molina, maestro de la copla y republicano.
Pero las dos cruces que encontramos en este monte del olvido están ocupadas por dos personajes que responden al nombre de Tirio, el uno, y de Troyano, el otro. Se trata de los conocidos ladrones que acompañan a Jesús de Nazaret en aquel día de pasión que dio lugar a nuestra era. Un día de pasión que, en la propuesta de Zurro, a veces semeja ser momento de relajo general en una de tantas recreaciones dramáticas que en el mundo entero se han convertido en reclamo religioso y/o turístico, y otras evento real, esto último tras la irrupción de la mujer que trae en su mochila el bebé partido en dos por el soldado salvaje y violador.
Y así asoma ese otro trazo tan característico de la dramática de Zurro cual es el trasladar al espectador la responsabilidad de optar por las diversas posibilidades que deja abiertas para que seamos nosotros quienes decidamos lo que estamos viendo, o lo que queremos ver. Así, el texto se torna abierto a interpretaciones diversas, desde las que nos permiten asomarnos a un episodio transcendental de la historia occidental a través de los ojos de personajes ocasionales o secundarios, incluso en su papel de figurantes, hasta aquellas que nos lleven a considerar cómo el teatro se sitúa en un monte del olvido, habitado por dos simples comediantes del montón que esperan como agua de mayo la llegada de la figura televisiva para alcanzar visibilidad.
La dimensión histórica de los hechos (la pasión de Jesús), la ficción religiosa que esa pasión genera (la recreación de la pasión), que en tantos países del mundo han dado lugar a tantos ritos, fiestas y celebraciones, y la ficción profana que puede desarrollar, se mezclan de forma permanente en un texto en el que los planos se superponen, con lo que los lectores hemos de estar en todo momento comprobando el terreno que pisamos, también cuando truenos y relámpagos amenazan con rasgar el velo del templo, como relatara Mateo, y nos dejan sumidos en una espesa y oscuridad.
Como si de un cantaor se tratase, Zurro canta y toca en varios palos. Y entre ellos no es el de menor importancia aquél en el que la Pasión adopta una valencia universal para ser símil de todas las pasiones posibles, como la de esos dos figurantes que malviven un oficio, el teatral, de todos olvidado y por todos escarnecido. En esa perspectiva el texto supone una ácida mirada al mundo del teatro. La letanía última del Tirio nos lo recuerda.
Siendo como soy una de esas personas que piensa que la literatura dramática es, ante todo, y en cuanto texto publicado, texto para disfrutar en la lectura, poco más puedo decir de una obra de la que no cabe desvelar más secretos para justamente permitir que otras personas puedan recorrer ese territorio incógnito que Zurro nos propone y disfrutar con el paseo. Pero sí puedo y debo decir que se trata de un texto en el que hay una sabia combinación de humor e ironía, y también una mirada un tanto trágica a las cosas de la religión y del teatro. Porque somos lo que somos y estamos como estamos. Pasen y lean, si les place.
Zurro, Alfonso: En el monte del olvido. Sevilla: El Adalid Seráfico, 2010, 115 páginas.




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